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sábado, 19 de octubre de 2013

sentido homenaje de Winston Estremadoiro a José María Bakovic de recia estirpe que creyó siempre en "morir antes que esclavos vivir" una multitud tal acompañó su catafalco digna de un Presidente...se lee con unción cívica

Tendría que cambiar a un “algo huele a podrido en Bolivia”, sacando de la frase Hamletiana a Dinamarca, en ese entonces país de escasa población, pobre y desconocido. Hoy es nación pequeña, laboriosa y rica. Y de buenas ideas, como esa de reducir excesos de velocidad en las calles, con mujeres de pechuga desnuda que alertan de límites permitidos. Sin embargo, yo (y la mayoría de conductores varones en Bolivia), me chocaría, o al menos arriesgaría atropellar a alguien, como los inciviles que manejan y parlotean por el “cholular”. Son unos piojos tuertos las sudorosas “cebras” de nuestras calles.
Era párrafo que introducía un comentario sobre el juicio sobre supuesto terrorismo, donde el antes empleado del Gobierno, hoy viejito cantor, reveló que antes de viajar a Venezuela, Evo Morales ordenó la detención de Eduardo Rozsa y su grupo, pero que el Vice dio contraorden para que los ‘ejecutaran’. En eso llamó alguien para darme la mala noticia de que mi amigo José María Bakovic había sido internado.
No sé si es peor la ansiosa sala de la espera de una clínica o el tristón ambiente de un velorio, pero en ambos retumban a sottovoce los detalles de las malas nuevas. A José María las decenas de procesos del acoso judicial del Gobierno le debilitaban la salud (y vaciaba la billetera), al viajar unas veces a La Paz, otras a Tarija. Anciano de más de setenta años, médicos le desaconsejaban subir a los cuatro mil metros del aeropuerto de El Alto, luego descender a los 3.600 de la sede de gobierno. Forenses oficialistas tomaron pruebas varias veces al día para certificar su hipertensión y males cardíacos; en contra de su dictamen, otros persistieron en que vuele a Chuquiago, con oxígeno dijeron, a una nueva audiencia.
En espera del trance judicial, salió sangre de su nariz y caminaba a tomarse la presión sanguínea, cuando le sorprendió el primer aviso. Un hijo suyo viajó de emergencia y le trajo de vuelta a Cochabamba. Otro quizá viajaba de EE.UU a Bolivia para agarrar su mano y consolarle. Sus hijas y hermana acompañaban, ansiosas, los trajines del personal médico que intentaba curarle. Aguardaba su esposa, quizá en el dolor del compañero moribundo y en el del yeso recién desalojado de un hombro hacía poco malogrado. Mi amigo José María sobrevivió a dos cánulas insertas en la arteria que bombea sangre al corazón, pero el músculo del sentimiento estaba maltratado, quién sabe si por el infarto, o por mazazo de tanta amargura ante el abuso y la injusticia. Murió en la sala de cuidado intensivo, a la hora de la oración en que las aves se retiran de su ajetreo diario en algarabía de trinos.
Qué raro. Yo que de viejo, citando al cantautor brasileño Ceca Baleiro, ando tan a flor de piel que cualquier cosa me hace llorar, tengo que escribir, más aún si al publicar mis palabras adquirirán algo de perennidad. Y escribiré la saga del calvario del primer valeroso que sufrió el acoso judicial durante ocho largos años, nueva forma de terrorismo de Estado. Lamentaré su condena sin derecho a presunción de inocencia, cuando el nuevo mandamás discurseaba en su posesión. Mencionaré que cargó feliz su cruz, confiado tal vez en organismos internacionales de financiación a los que perteneció, y que le encomiaban. Recordaré la hazaña del cien por ciento de apoyo congresal que le eligiera como único presidente ‘institucionalizado’ de caminos. Comentaré que condiscípulos le advertían de hacer obra embarrándose en hedionda arena movediza de la politiquería corrupta. Recalcaré que no le conocía en persona, hasta que descubrí la saña con que mancharon su labor: hizo más carreteras en un lustro que en medio siglo precedente. Revelaré que en abatida visita, sugerí que se marchara del país ante la madeja judicial que le enredaba, solo para que el tímido héroe arguyera que el valiente aguanta hasta morir sin abandonar su trinchera. Extrañaré sus visitas y el cafecito acompañado de tertulia de liviandades, como las danesas al pelo, con que desviaba atención a su desazón y consolaba su angustia. Y vestiré de negro luto por fuera y por dentro, al despedir a este gran hombre boliviano, de quien su memoria me tatuará, indeleble, el alma.
Morir es pasaje inevitable y solitario a la vez. Si José María pudiese agradecer a semejante multitud dolorida tal vez al acompañar su catafalco, digna de un presidente –y él fue uno con letras mayúsculas–, consolaría a su familia y amigos con esa bonhomía y fortaleza interior que le adornó en vida, palmeando apenadas espaldas y haciendo notar que sigue vivo en nuestra memoria, pero descansa de tanta tribulación injusta. Dicen que habrá una manifestación reclamando las arbitrariedades que le asesinaran. Ojala que no sea para que se ensañen en denigrarle cuando ya no se puede defender, recurso común en estos días en que se apalean inocentes y se ensalzan a poderosos impunes.
Estoy seguro que generaciones futuras sabrán de este luchador, que quiso ‘pagar’ a Bolivia por haber nacido en esta tierra bendita, poniendo al hombro la pesada carga de institucionalizar la olla podrida de vertebrar la patria, en ese guisado de corrupción de las ‘coimisiones’. Quizá mi amigo se fue arrebujado en la convicción de su familia, recia estirpe que cree todavía en ese “morir antes que esclavos vivir” de nuestro himno patrio.
La hiedra parasitaria que debilita pero no mata al imponente jacarandá, sería recortada a ínfima proporción porque la sombra de José María Bakovic ensombrecerá a sus corruptos y abusivos detractores.
Paz en su tumba.

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