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domingo, 27 de febrero de 2011


título de El Deber, acertado como anillo al dedo "Patadas de Ahogado"

Qué es lo que pretende el Gobierno con el sorpresivo traslado del ex prefecto de Pando a la cárcel de máxima seguridad de Chonchocoro? Durante los últimos dos años y medio, el régimen de Evo Morales ha sometido a Leopoldo Fernández a un ignominioso zarandeo jurídico, más que nada, para jactarse del inmenso poder que ha acumulado y que le permite hacer y deshacer con las leyes y los tribunales de justicia. Más que una cortina de humo para esconder los graves problemas sociales y económicos que enfrenta el país, el Gobierno parece estar buscando cómo hurgar el hormiguero y al mismo tiempo hacer una demostración de fuerza, mientras que las encuestas continúan registrando la caída libre de la imagen presidencial. Apelar a un artilugio mediático como éste resulta patético en las circunstancias que vive la ciudadanía boliviana, aquejada por serios problemas de abastecimiento, desastres naturales, la amenaza del dengue y el acecho de los transportistas. Hoy más que nunca, la gente necesita un gobierno con capacidad de gestionar soluciones, articular recursos y voluntades dirigidos a enfrentar amenazas como la crisis alimentaria y la hecatombe energética que se avecina por la falta de inversiones. Los aventureros que maquinan este tipo de estrategias fracasaron no hace mucho al tratar de revivir el caso Rózsa a través del show de “El Viejo”, payasada que no hizo más que acelerar la pérdida de credibilidad en el “proceso de cambio”. La desesperación por levantar la imagen del presidente Morales es tal que ya no importa caer en el ridículo, aspecto al que ya nos tenía acostumbrados este régimen, rico en supercherías y simbolismos cósmicos y carente de capacidades técnicas y administrativas para resolver temas tan básicos como la distribución de azúcar. El pasado jueves, mientras la población digería un reciente sondeo realizado por la radio Fides en La Paz, donde el mismo 80 por ciento que votó por Evo Morales hace un año, es el que hoy rechaza las posibilidades de su reelección, un puñado de campesinos orureños se presentaba en el Palacio de Quemado para entregarle un bastón de mando al presidente y el segundo de a bordo, Álvaro García Linera (el más sacudido por las encuestas), declaraba sagrado el lugar de nacimiento del Primer Mandatario, quien fue incapaz de esconder el sentimiento que lo embarga. “De aquí sólo me sacarán muerto”, fueron las palabras del jefe de Estado, casi calcadas de las que ha pronunciando el líder libio Muammar Gaddafi. Está claro que ya no dan resultado las tácticas mediáticas y los artilugios caotizadores que usó este Gobierno durante los últimos cinco años para generar en una parte de la población la sensación de cambio. La politiquería en tiempos de crisis resulta insulsa. Toda esa paranoia que ve conspiración golpista en cada esquina está por demás. Los problemas de los bolivianos, localizados en las partes más sensibles del cuerpo (el estómago y el bolsillo) necesitan de gobernantes sinceros, capaces de reconocer errores, pero también de corregir; con habilidades para gestionar, elaborar proyectos y ejecutarlos; que reconozcan en la política una herramienta para mejorar la calidad de la vida de la gente y no un medio de vida de un grupo arribista que en su afán, está llevando a la destrucción a todo un país.

Hoy más que nunca, la gente necesita un gobierno con capacidad de gestionar soluciones, dirigidos a paliar amenazas como la crisis alimentaria y la hecatombe energética que se avecina. Los que maquinan este tipo de estrategias fracasaron al tratar de revivir el caso Rózsa a través del show de “El Viejo”, payasada que no hizo más que acelerar la pérdida de credibilidad en el “proceso de cambio”.

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