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domingo, 30 de enero de 2011


de la embriaguez del poder y la arrogancia acertado subeditorial de LT

Hace unos días, en uno de sus recurrentes arranques de ira, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, amenazó con expropiar uno de los principales bancos de su país. Y como ya es habitual y ocurre cada vez con mayor frecuencia, luego tuvo que desdecirse, disculparse y agachar la cabeza.

No es la primera vez que algo así le pasa, pero de nada sirve tanta experiencia porque no parece haber nada que aplaque la arrogancia que causa el exceso de poder. Y tampoco importan los calamitosos resultados de sus ya 11 años de Gobierno pues no hay nada que desanime al caudillo venezolano de actuar como si su país fuera su hacienda y sus caprichos la ley suprema.

Que eso ocurra no es algo novedoso. Por el contrario, la historia está llena de ejemplos sobre los extremos a los que puede llegar la necedad humana cuando el entendimiento es ofuscado por la embriaguez que causan las tentaciones autocráticas.

Casos de tiranos que se creyeron una excepción a la regla que enseña cuán efímero es el poder y que llegaron a convencerse de que a diferencia de todos los que los antecedieron en el ascenso y la caída llegarían a eternizarse en la gloria, hay muchos. Y todos, más tarde o más temprano, terminaron vencidos, humillados y a la larga olvidados.

Lamentablemente, ninguna de esas experiencias parece suficiente para poner un límite a la arrogancia con la que piensan, hablan y actúan quienes se sienten llamados a reinventar la historia y reinaugurar el futuro. Impertérritos, continúan regocijándose con sus aires de grandeza sin notar que lo que provocan son más risas burlonas que admiración o respeto.

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