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jueves, 16 de agosto de 2012

contra el consumismo. contra el exceso de alcohól. contra el hedonismo reclama OPINION

Obispos y sacerdotes católicos exhortan, año tras año, a recuperar el carácter religioso de la Festividad de la Virgen de Urkupiña. Lo que ocurre en los días de fiesta no puede dejarlos satisfechos.

Los ritos estrictamente de la Iglesia Católica están sobrepasados por otro tipo de actividades que, aunque se las realice en su nombre y por una declarada devoción, están lejos de las enseñanzas de Cristo y del Antiguo Testamento.

Los que creen en los milagros de la Virgen, se postran y la adoran y se sienten insuflados de renovada fe. Para esto acuden expresamente a las misas de San Ildefonso y quizás al Calvario. De paso admiran las coreografías en la Entradas Autóctona y de Fraternidades y, se animan por una tutuma de chicha para combatir el calor. Para ellos las oraciones son más importantes que las estridentes voces de compradores y vendedores, y las enseñanzas de Jesús y su Madre más necesarias que los ambicionados objetos materiales.

Pero no todos son así, mejor dicho, pocos lo son.

Lo que había nacido como un acto masivo de gratitud y veneración a la Virgen aparecida ante unos niños, se convirtió en un desaforado pedido de casas, autos, cosas. Hasta a las piedras las han vuelto dinero. 

Efectuada la transacción y segura de haber rezado lo suficiente, de haber mostrado su devoción,la gente se dirige en tropel a beber, bailar, comer, sumergida en ensordecedores ritmos.

Ante este espectáculo, la Madre de Cristo tiene que sentir pena y dolor, quizá arrepentimiento por haberse presentado ante la inocencia, con este resultado.

Pero, no sólo en Urkupiña, sino también en otros ritos considerados precolombinos, la deformación es patética. 

La ch’alla y la q’oa, que en su origen era un agradecimiento a la divinidad de la Pachamama, es ahora una exigencia imperativa, como la anterior, de buenos negocios y un pretexto más para emborracharse.

La Pachamama igualmente debe sentirse vejada.

Miles de personas son arrastradas por esta vorágine de consumismo y hedonismo, las más anheladas virtudes de nuestro tiempo.

Todo es pedir. De dar, nada.

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