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lunes, 31 de mayo de 2010

Sangre en el Yermo titula Gramunt sobre Uncía

Palabras previas. Me tocó vivir cinco anos en Siglo XX, asiento de la mina más importante del continente en los años de la Segunda Guerra cuando proveyó de minerales a la industria bélica. Fundada por Patiño la empresa Patiño Mines se dejó conocer como un emporio de riquezas, tantas que en Londres y Nueva York funcionaron sus agencias para la compra y venta no sólo de minerales sino de otros valores de la bolsa en que destacó como ganadora durante y después de la crisis mundial de 1929 que arrasó casi con todo. De Siglo XX no era difícil llegarse hasta Uncía que gozaba de prestigio como asiento de la subprefectura potosina. Recuerdo a los padres jesuítas a cargo de la parroquia y que con frecuencia se unía a las otras tres parroquias Siglo XX, Llallagua y Catavi regentadas por misioneros canadienses. Uncía era apasible y aceptable menos en los meses de las tradicionales trifulcas entre Laimes y Jukumanis que se trensaban en "el tinku" el reto, la contienda y dejaban muertos sobre la tierra arcillosa y seca de la comarca.
Al parecer de aquellas mis incursiones en los años 60 han habido cambios, aunque no deben ser muy notorios porque los sucesos de éstos días y que motivan el artículo del padre Gramunt, son de tal gravedad que las organizaciones de DDHH están en alerta y los ojos y oídos puestos allí para conocer la solución que le pone el gobierno del MAS al bárbaro y criminal linchamiento de cuatro policías y un civil...

Sobre una tierra yerma en la que apenas brota un matorral verdoso, hace unos días se derramó sangre humana como en una tribal fiesta salvaje. Un joven taxista muerto y cuatro policías quemados o ahorcados (según las versiones) y luego enterrados, no se sabe dónde. El contrabando de automóviles y el narcotráfico implantados en aquel altiplano eternamente abandonado transformaron los páramos de los ayllus potosinos, de campesinos y pastores, en ferias de maleantes. Cada domingo se instalan los “chuteros” y los narcos para intercambiar sus productos. Hace años, las ferias eran encuentros de un modesto trueque de mulas y borricos, ovejas y llamas, por maíz, trigo, cebada, sal y otros productos de uso común. Hoy se contrabandean vehículos de todas clases. Las transacciones utilizan dinero contante y sonante. Si es en dólares, tanto mejor. O truecan autos por cocaína. Los antiguos feriantes de productos de la tierra ya son prósperos comerciantes de motorizados. Los que arañaban la dura tierra estéril, han instalado en sus míseras viviendas de adobe novedosos artefactos para el tratamiento de la hoja de coca que luego transportan al resto del país y a Chile que está cerca. Por aquellos pagos merodean los intermediarios de la droga. Las manos callosas de los que hace pocos años eran humildes labriegos lucen ahora sortijas de oro bruñido.
Todo ha cambiado. Menos los viejos resentimientos que siempre anidaron en los ánimos de unos ayllus que se mataban por unos palmos de terruño yermo. Gente eternamente olvidada por el Estado, fuera éste neoliberal y oligárquico, o plurinacional y socialista comunitario. Todo igual. Pero hubo cambios –no los prometidos desde el Palacio Quemado– sino los cambios inexorables que han transformado los campos y las sendas del altiplano exhausto, que llegaron por sí mismos, sorteando los caminos “naturales” del instinto comercial del ser humano. Si el comercio de ovejas era miserable, el contrabando de vehículos, por muy “chutos” que sean, es mucho más rentable. Y el tratamiento semiindustrial de la hoja de coca y su distribución, lo es muchísimo más. ¡Que viva pues el cambio! Pero ese cambio trae corrupción muerte en sus entrañas. Llega de la mano de bandoleros sin ley ni temor a la justicia. ¡Pero qué digo, si allí no hay ni justicia ni ley! No hay Estado, por precario que éste sea. Sólo impera la ley del más desalmado. Y al que se le oponga, lo ahorcan, lo incineran y, lágrimas al viento helado de la altiplanicie.
¿Y la policía, y la justicia? Grave pregunta para la que no tengo respuesta. O sí la tengo, pero no la escribo porque no considero necesario repetir lo mismo que Ud. piensa, lector amigo, y lo que Ud. comenta con su gente. Incluso mi respuesta podría coincidir con la que darán las autoridades del Gobierno que conocen el paño como si lo hubiesen fabricado. Quiero pensar que esas autoridades estarán tejiendo el intrincado macramé que probablemente mostrará algo parecido a la verdad antes de que yo termine este artículo, que escribo con dolor e indignación por los muertos y sus viudas y sus hijos. Y por el país que, a pesar de los glamorosos cambios prometidos sigue como siempre.