Soledad: pensando en la operación de Evo


 En el trajín de la vida cotidiana, el Presidente no tiene espacio para pensar en sí mismo como ser humano, como ser frágil y necesitado de cariño, y de pertenencia, pero ahora que la vida lo sacó de su sitio a una operación quirúrgica, la vida lo llevó de la mano a mirarse en el espejo del alma, en el espejo que no oculta barrigas  ni arrugas, el espejo que no disimula ausencias.

Cuando partió tenía la cara muy triste, parecía que era la primera vez que no quería partir, llegó a decir que no quería irse. Lo sentí temeroso, lo vi descompuesto, no lloró como cuando recibió por primera vez la banda presidencial. Estos años en el poder le han servido para olvidar esa práctica tan sana, tan humana y que tan bien te hace cuando de desahogarte se trata. Partió conteniendo el dolor de su desamparo afectivo.

 No estaban para despedirlo ni amigos  ni amores, lo despedía el gabinete, que no sólo son gente de quien él desconfía, sino, sobre todo, gente incapaz de darle un abrazo fraterno caluroso, protector. Habrá recordado a los amigos con quienes compartía departamento cuando era diputado, esos amigos a quienes seguramente alguna vez inclusive les sirvió un café, amigos con los que discutía de política mientras se secaba la cabeza mojada de la ducha: Román Loayza, hoy enemigo suyo, y Santos Ramírez, hoy preso por corrupción. La despedida le habrá servido entonces para tocar su gélida soledad.

 Sorprende y no sorprende que Evaliz no haya acompañado a su padre, al fin y al cabo él tampoco la acompañó a su primer día de clases ni la consoló como padre en sus brazos cuando era chiquita y tenía pesadillas. Quizás por eso Evaliz no estuvo para interrumpir su vida y viajar con su padre a sostenerle la mano antes y después de la cirugía. Es destino de los hombres que descuidan la vida, que no cultivan el amor de sus wawas, que mañana se enfrenten solos a la vejez, a la enfermedad y la muerte. 

 Llegar a La Habana enfermo y sin fuerzas, una Habana sin Fidel, su padre político, ese hombre cálido, que seguramente ha abrazado cientos de veces a Evo ofreciéndole su paternidad. La Habana está vacía,  no hay abrazo paternal que lo espere, sino honores de presidente para llevarlo a un hospital militar. Un hospital para escogidos y privilegiados envueltos en una burbuja de protección y cuidados a costa de dos pueblos: el cubano y el boliviano. Un hospital donde hay todo menos calor humano. En ese lugar el Presidente ha experimentado seguramente otra forma de soledad: la soledad de no ser consecuente con sus ideas, de no ser socialista en su vida cotidiana y con su propio cuerpo, es la soledad de los héroes de barro. 

 Al entrar al quirófano, en la antesala no había nadie que le dijera: todo saldrá bien, yo estaré aquí esperándote para amarte, salgas como salgas. La antesala estaba vacía porque su vida amorosa ha sido la sucesión decadente de amores destrozados por el machismo, la falsedad y el utilitarismo. Habrá tenido el Presidente parejas que se cuentan con los dedos de dos manos, pero con ninguna ha sido capaz de cultivar una relación de calidad, horizontalidad, amor y respeto. Es la soledad de los machistas que dicen que no necesitan a nadie y que terminan solos en sus momentos de debilidad. 

 Mientras Evo se recuperaba de la operación en terapia intensiva y su cuerpo volvía de ese viaje al inconsciente, y la debilidad que es el estar enfermo, el Vicepresidente anunciaba a los jóvenes en Cochabamba que deben cuidar a sus novias, porque la operación ha salido bien y el Presidente va a regresar a robárselas. Las novias convertidas en trofeos, ríen: los jóvenes reciben una lección más de machismo grosero de boca del Vicepresidente. Y asoma otra soledad a la vida de Evo, la soledad del macho que no sabe medir ni su cuerpo ni su edad. La soledad del macho que debe proyectar virilidad aunque ésta sea una imagen ridícula, como la que describe su Vicepresidente, mofándose de él y aprovechando que está mudo.

 Para las poetas la soledad es una puerta que te traga para estrujarte hasta sacar los versos con más filo y con más humedad. Espero que al Presidente esta experiencia de soledad  le haya servido para confrontarle con su fragilidad, con su humanidad, con sus errores, con su deshumanización y que vuelva no sólo sano de la garganta, sino también conmovido por su profunda soledad.

María Galindo es miembro de Mujeres Creando.