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lunes, 14 de noviembre de 2016

la "poderosa ministra Paco, del poderoso gobierno MAS EVO" está haciendo el ridículo al enjuiciar a los opositores que hicieron alusión al sombrero que de dia y de noche utiliza la PACO. Paco aduce estar siendo víctima de acoso y discriminación. Agustín Echalar con pluna galana le demuestra que el tal sombrero no es original, no es sinónimo de identidad cultural y mucho menos herencia milenaria...la Paco está fuera de tiesto, necesita un psicólogo.

Posiblemente la primera vez que alguien llevó un sombrero sobre la cabeza en estas tierras fue a la llegada de Almagro y sus hombres en el año de 1533. Muchos de los conquistadores deben haber portado cascos, pero otros también un sombrero. Este artefacto debe haber maravillado a los naturales, que como muchas otras cosas que llegaron con los españoles a ellos no se les había ocurrido todavía. Del sol se protegía la gente aquí cubriéndose la cabeza con gorros o awayos, algunos bellamente tejidos, que doblados colocaban sobre su cabeza. Los sombreros fueron una revolución, eso sí, producto de la conquista, como la escritura y unas cuantas cosas más.
Estas verdades de Perogrullo se hacen necesarias de ser contadas en estos tiempos de supuesta furiosa descolonización. Si siguiéramos la lógica choquehuanquiana de no leer porque la escritura la trajeron los españoles, tampoco se debería usar sombrero, ambos extremos hacen evidentemente mucho daño a la cabeza.
Los sombreros empezaron a hacerse en la época colonial, pero muchos fueron también importados. Han debido ser bastante caros, pero tenían una utilidad innegable, eso lo sabía cualquier campesino, que es posible que dejara de herencia su sombrero a la siguiente generación.
A principios de siglo, a la princesa de la Glorieta, una millonaria un tanto estrafalaria pero de buen corazón, se le ocurrió financiar una fábrica de sombreros para abaratar para los campesinos bolivianos este muy necesario producto. Hoy en día se hace muchos aspavientos respecto a que este accesorio tuviera un halo de identidad. Y si bien eso es parcialmente cierto, por ejemplo en lo que respecta a los bombines de las mujeres paceñas, o los sombreros altos y oscuros de las potosinas, o los blancos de las cochabambinas, lo cierto es que el resto de los sombreros, los que se venden en las ferias trashumantes de los valles y el altiplano andino, han perdido ese carácter que de hecho sólo era prestado.
La ministra Paco ha querido darle una impronta a su imagen usando sombrero aún en ambientes donde éste es una absoluta superficialidad, digo Indoors, y naturalmente tiene derecho de hacerlo. ¿Tiene la gente derecho de burlarse de los atuendos estrafalarios?  Tal vez no, tal vez sea una muestra de falta de buenos modales, pero ¿es eso un acto de racismo? Definitivamente no. Tampoco es necesariamente un acto de discriminación, y si lo es, es un ejemplo débil.
Y he ahí el problema del proceso que la ministra Paco está siguiendo contra un grupo de políticos opositores al Gobierno de Evo Morales. Paco es una mujer poderosa, es la ministra de comunicaciones de un Gobierno muy fuerte, y suena casi ridículo que ella aduzca que se siente víctima de algo parecido al bullying escolar. Antes que ir ante un juez la ministra debería recurrir a un psicólogo que la ayude en su autoestima, o a un asesor de imagen, como de alguna manera lo tuvo el presidente Evo, quien ha creado una nueva moda, bastante sentadora por cierto. Evo con sombrero mañana tarde y noche, tampoco la tendría fácil.  Lo que está haciendo la ministra Paco, es hacer uso y abuso del Ministerio Público en algo que no tiene la menor importancia, haciendo gastar horas de trabajo a fiscales y jueces y demás funcionarios, en una querella que no tiene sentido y que devaluó la genuina lucha contra el racismo y la discriminación que existe en nuestro país, y que debe ser combatida seriamente. La ministra Paco tiene que estar consciente que la crítica hacia ella, no es hacia su vestimenta, ni a su origen étnico, ni a su género, es hacia su prepotencia, su ineficiencia, sus limitaciones intelectuales, y su falta de transparencia.
 
El autor es operador de turismo