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martes, 15 de noviembre de 2016

con firmeza Los Tiempos se refiere a la nueva ola de linchamientos que parecen ser visos como algo cotidiano. hechos tan brutales y salvajes se atribuyen a la corrupción en la Justicia, lo que debería atenderse como forma de violencia altamente preocupante.

Una vez más, como ocurre recurrentemente cada cierto tiempo, una nueva ola de linchamientos ha vuelto a poner el tema en el centro de la agenda pública nacional. Y como también ya es habitual, lo ha hecho en medio de expresiones de alarma y repudio que, por lo repetidas que ya son, parecen haber perdido todo efecto sobre la consciencia colectiva. Peor aún, los linchamientos parecen ser vistos como parte de la vida cotidiana.

Un ejemplo de lo dicho es la ligereza con que ese violento y espantoso expediente de cobrar justicia por mano propia es explicado, cuando no justificado o por lo menos tolerado con cierta condescendencia, atribuyéndolo a la ya consabida inoperancia y corrupción de la justicia ordinaria. Y si bien algo o mucho de verdad hay en esa explicación, no por eso deja de ser muy significativa la facilidad con que hechos tan brutales y salvajes como los registrados durante los últimos días son tratados como si una consecuencia lógica de otro mal se tratara y no como un mal en sí mismo, cuya naturaleza feroz no admite atenuantes de ninguna naturaleza.

De cualquier modo, y más allá de cualquier disquisición axiológica, lo que es evidente es que entre la degeneración de nuestro sistema de justicia y la tácita aceptación de los linchamientos, hay una directa relación. Pero, además de ello, los linchamientos son, en sí mismos, al igual que otras formas de violencia, la expresión sintomática de un mal mucho mayor, un mal que anida en el núcleo del alma nacional, que es donde debería dirigirse nuestra atención.