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miércoles, 17 de diciembre de 2008

meticulosamente contó los muertos cuando no eran suyos...ahora que son
suyos evo morales no quiere saber de ellos y tilda a la prensa de enemiga porque
registra las masacres masistas...

No dejan de soplar vientos de fronda en el país, lo que de por sí ya es malo, pero lo que llega hasta lo dramático y estremecedor es que arrastran a la vez un hálito doloroso de muerte que genera espanto. No nos falla la memoria cuando recordamos que al asumir el mando Evo Morales ofreció seguridades en sentido de que dejaría el cargo si en su gestión se registraba un solo muerto bajo su frondosa sombra pública y política.
Meticulosamente contó y recontó los muertos que colgó sin reparos a sus antecesores y se echó cruces poniendo cara de santidad. ¿No ha perdido la cuenta de “sus” propios muertos el jefe del Estado?Trágica ya es la cifra de los muertos de este tiempo convulso e incierto, pero lo más terrible y a la vez desesperante es que la cuenta, la realmente dolorosa, no se cierra. En cualesquiera de las marchas, de los encuentros, de las movilizaciones sociales, políticas o de otra índole, la presencia descarnada de la muerte con su guadaña en ristre, casi se palpa.
Y por supuesto, se manifiesta cargando con uno o más de nosotros los bolivianos, en el siempre temido viaje sin retorno. Caliente está aún la sangre derramada en Patacamaya, importando poco o nada las circunstancias y los motivos que precipitaron el derramamiento. Y lejos está asimismo de enfriarse esa otra sangre de bolivianos que se abrió cauce a lo ancho de nuestro territorio estremecido por una u otra causa, escaso tiempo atrás de lo de Patacamaya. Sin embargo, lo más inquietante del caso es que no podemos quitarnos de la cabeza la idea de nuevos y fatales enfrentamientos con más sangre corriendo a raudales y más luto ensombreciendo la paz de nuestros hogares.
Tal vez haya dos o más factores determinantes de la cruel situación dentro de la cual nos estamos moviendo. Pero puestos a resumir, inevitablemente el dedo se tiende en dirección del presidente Evo Morales para señalarlo. Él, que ni siquiera esperó que se desvaneciera el eco de su repudio a antecesores suyos que supuestamente hicieron verter sangre, usó permanentemente y con fuerza de tonos desafiantes, provocativos, ultrajantes, casi por igual para referirse tanto a sus adversarios políticos como a los que no le meneaban las colas con mansedumbre y zalemas.
Dispuso, al menos en los hechos, la movilización permanente de sectores masivos no en búsqueda legítima de mejores condiciones de vida, de mejor suerte y fortuna, sino de amedrentamiento, de escarmiento, de agravio, en fin. Desde los altos niveles del Gobierno nunca se escuchó un llamado a la paz, a la concordia, al entendimiento, a la unidad. Muy por el contrario, lo que en estos campos se había logrado, fue echado al trasto impunemente y de modo machacón, se lo pisoteó.Amargas experiencias que no movieron a rectificar conductas. En tal razón, la tragedia nos ronda y es susceptible de crecimiento. (editorial de El Deber, S.C, Bolivia)