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jueves, 12 de enero de 2012

Moisés Revollo nos brinda un testimonio invalorable de aquellos días de enero y sus protagonistas. el desatarse de la vorágine


Los recuerdos de aquellos días fatídicos, especialmente del 8 al 11 de enero, son imborrables porque estuvimos involucrados de alguna manera miles de ciudadanos y por el saldo de muertos y heridos que enlutaron, marcando de por vida a la mayoría de las familias.

Nada fue improvisado ni producto de la coyuntura política, todo fue planificado desde las principales esferas del poder. Aunque la mayoría de los detalles ya se conocen cinco años después, todavía quedan algunos hilos sueltos que serán desenmarañados, denunciados, comprobados y juzgados cuando este ciclo inevitablemente termine.

Toda la trama de esta tragicomedia de la vida real, se entretejió inclusive antes de la asunción de Evo Morales como presidente del nuevo estado plurinacional.

Como todas las condiciones estaban dadas para la inminente elección de Evo Morales, inclusive con el "aval" de la embajada americana, después del fraude gonista del año 2002, el Cap. Manfred Reyes Villa, contra la opinión de su "entorno" especialmente de amigos y parientes, decidió personalmente lanzarse a la candidatura por la prefectura de Cochabamba, ya considerado el feudo masista, con una abrumadora mayoría de municipios, incluyendo la gestión obsecuente de Chaly Terceros.

Contra los pronósticos de una buena parte de propios y extraños, Manfred ganó la elección provocando la animadversión masista desde primera hora de su gobierno, porque además también habían perdido en Santa Cruz, La Paz, Tarija, Pando y Beni.

El famoso Juan Ramón Quintana, convertido en el estratega del MAS, en diciembre de ese año 2006, declaró que los prefectos opositores iban a ser convertidos en una especie de rehenes, hasta obligarlos a plegarse, someterse o renunciar; manifestándose desde el inicio de este gobierno con la consigna de conseguir el poder total.

Manfred asumió como primer Prefecto elegido por los cochabambinos en las condiciones más adversas, comenzando por la falta de personal que solicitaron en masa vacaciones, entre uno y dos meses, perjudicando la gestión al igual que los llamados consejeros, una mayoría masistas que entorpecieron y entrabaron el trabajo todo el tiempo desde el primer minuto.

Aún así Manfred Reyes Villa, estoicamente y firme en su convicción de marcar una franca línea de progreso en el departamento, se dio modos para trabajar bajo amenaza permanente del flamante gobierno masista. A través de proyectos concurrentes, logró llegar ese primer año a la mayoría de los municipios del departamento.

Los masistas nunca le dieron tregua y por el contrario, inventaban cualquier motivo para entrabar y manchar una inigualable gestión manfredista, que hacía recordar las épocas de oro en el Gobierno Municipal, vividas por cochabambinos y ciudadanos del interior, que destacaron su capacidad de trabajo y el surgimiento de un nuevo líder.

Con una ejecución record en el año 2006 y con opinión favorable de la ciudadanía cochabambina, que pensaba ideal tener como presidente a Evo Morales y como Prefecto a Manfred Reyes Villa, para muchos ---no inmersos en la politiquería azarosa--- nada hacía presagiar lo que vendría poco después con los sucesos de enero del año 2007

Ya en diciembre del año 2006 en la Casa Campestre, convertida hasta hoy en centro de operaciones del masismo, mientras la mayoría pensaba en la celebración de las fiestas de navidad y año, ellos planificaron y definieron la salida o derrocamiento de Manfred Reyes Villa por las buenas o las malas, usando como pretexto que el Prefecto en un lapsus línguae, al terminar su discurso en una masiva concentración autonómica en la Plaza de las Banderas, dijo "adelante Santa Cruz con su independencia" cuando quiso decir con su autonomía.

Los primeros días de enero del año 2007 fueron intensos para ejecutar la conspiración, en la que además de formar parte todos los masistas sin excepción, también se adhirieron con evidente entusiasmo el alcalde Chaly Terceros, el tristemente célebre Mitma de la Central Obrera, y la Federación de Maestros Urbanos con Cáceres y Pinaya, como puntas de lanza muy funcionales al gobierno, que hasta avalaron la amenaza criminal de dejar sin agua a la ciudad.

La arremetida comenzó el lunes 8 de enero con la agresiva quema de la puerta de la prefectura que alcanzó instalaciones donde se tenía archivos importantes.

La seguridad policial fue arteramente retirada por la ministra de gobierno Alicia Muñoz, para facilitar la acción vandálica de los SS (sectores sociales).

Los miles de cocaleros traídos del trópico por su voluntad o la fuerza, llegaron y se quedaron con la instrucción precisa de no retornar a sus bases sin antes lograr la salida del prefecto democráticamente elegido.

El Comité Cívico pretendió, con voluntad e ingenuidad, frenar la arremetida gubernamental convocando a una concentración en la misma plaza de las banderas, pero las cartas ya estaban echadas y los cocaleros siguiendo órdenes precisas, tomaron la plaza inmediatamente, obligando a la institución de instituciones a desconvocar a los cochabambinos.

Nadie esperaba que los cochabambinos se concentrarían sin necesidad de liderazgos, ni mucho menos instrucciones; espontáneamente se manifestó un fenómeno social pocas veces visto en nuestra era contemporánea. Se movilizaron el jueves 10 marchando a la Plaza de las Banderas, pero a la altura del estadio (Av. Libertadores y Aniceto Padilla) fueron interceptados por la Policía, que logró un cuarto intermedio para lograr ingenuamente un retiro pacífico de los cocaleros, para evitar el enfrentamiento planificado por el gobierno con antelación.

El miércoles 11 de enero, se multiplicó la inmensa cantidad de gente, niños, jóvenes y adultos de ambos sexos y todas las edades, ciudadanos que eran hasta ese entonces, espectadores de un ultraje a la democracia, que provocaron el surgimiento del fervor cívico más profundo, y consecuentemente, salieron de sus casas, con la convicción de que iban a defender su ciudad pacíficamente, que solo con su presencia podrían poner un alto a los atropellos comandados por el entorno palaciego.

Pese a la tragedia desatada, tres muertos y heridos por cientos, quienes estuvimos cerca de los hechos, somos conscientes de que el saldo pudo haber sido mucho peor, si no se imponía la serenidad de la mayoría de los participantes en aquella tarde violenta.

Los muertos y heridos no pueden ni deben ser olvidados, porque todos ellos fueron víctimas de una conspiración política para quebrar la democracia en Cochabamba, todo el plan fue diseñado por siniestras personas que nunca arriesgaron nada, pero no les importó afectar a tantos ciudadanos bolivianos, simplemente por sus diferencias políticas y la angurria de más poder.

Fueron carne de cañón y víctimas, tanto los cocaleros que por voluntad propia u obligados, tenían que hacer supuestamente el papel de víctimas de los citadinos, así como también los miles de ciudadanos que espontáneamente se dieron cita en el centro, sin distinción de sexo, edad o condición social o económica simplemente para defender la ciudad atropellada por los productores de la coca.

En esas memorables jornadas aciagas, Manfred revalidó su condición de hombre íntegro, de servicio incondicional, valiente y decidido a afrontar las consecuencias de haberse atrevido a enfrentar al hombre que cree ser omnipotente, a pesar de que gente allegada le sugirió buscar asilo en los momentos más difíciles, y no era para menos, porque desde palacio una persona amiga filtró que se había instruido lincharlo, inclusive si era encontrado en su domicilio de Tiquipaya.

Lo acontecido antes y después del 11 de enero puso nuevamente a prueba a Manfred Reyes Villa como en el año 2000 en la guerra del agua, más allá de consejos de amigos y no tanto, impuso su criterio y salió airoso superando el intento de golpe de estado donde participaron todos los masistas, presidente, vicepresidente, ministros, parlamentarios, alcaldes, concejales, corregidores, en una competencia desenfrenada de demostrar quién le hacía más daño a la institucionalidad para agradar a su jefe supremo. Algunos parlamentarios como Iván Canelas, fingieron ser consensuadores, cuando en realidad estaban en la conspiración y otros como los empresarios, fueron indiferentes a toda la tragedia.

El Defensor del Pueblo Waldo Albarracin pretendió de buena fe hacer su trabajo, pero tampoco quería creer que la conspiración era digitada desde el mismo gobierno. Cinco años después debe repensar en lo acontecido, cuando casi lo utilizan para tender una trampa al prefecto Manfred Reyes Villa.

La sociedad cochabambina quedó como petrificada, paralogizada, paralizada, amedrentada, sobre todo después del vil y cobarde asesinato del estudiante Christian Urresti Ferrel, porque nadie considera humanamente concebible---excepto los masistas---, que por las diferencias políticas se llegue a perder un ser querido.

Los profesionales de la prensa, en su mayoría optaron por la imparcialidad, sin imaginar que serían las próximas víctimas del poder hegemónico que no acepta los pesos y contrapesos y hasta el Jefe de la Iglesia, Monseñor Tito Solari, tomó partido por los atropelladores, que más tarde también lo harían víctima de su mal agradecimiento.

Es así que en agosto del 2008, muchos de los que siempre apoyaron a Manfred como Alcalde primero y después Prefecto, optaron por votar en el revocatorio para su salida, pensando que con eso Cochabamba se pacificaría, aunque dejen de ejecutarse obras de desarrollo. Pero esa es otra historia.

Esta noche la gente llenó la Iglesia de La Recoleta, para recordar a Christian Urresti Ferrel, principal víctima de la demencia politiquera; habría cumplido 22 años. Cuánta falta les debe hacer a su mamá, papá y hermanos, además del resto de la familia y amigos, pero como dijo el sacerdote ante lo irremediable se debe confiar en la justicia divina que es insoslayable.

Mientras tanto, la justicia de los hombres tarda pero casi siempre llega.

3 comentarios:

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