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martes, 21 de junio de 2011

huir de la realidad. no aceptar la verdad. esconder la cabeza. ausentarse.


No pienso en el escape, únicamente en lo repetitivo que se hace escribir sobre el gobierno boliviano y su indecorosa testa, habiendo tantos temas y tanta cosa positiva para reflejar en un escrito. Creo que para eso se dispone de otras labores, novelas, artículos de arte y cultura, verbigracia diez obras a la vez en que trabajan algunos plumíferos bien conocidos del ámbito local-internacional, ávidos de reconocimiento y cortos de talento.
Cambio canales en el televisor: un documental precioso sobre los asnos salvajes del desierto israelita, culturas egipcia, maya, Querétaro, la más bella palabra de la lengua española, con la cual concuerdo, y de improviso aparece la figura de uno que también es asno, pero no al nivel de los originarios aquellos del Negev, sino al de cloaca oscura, donde nadan y se ahogan todavía los espectros de Víctor Hugo; aparece el senador Fidel Surco, con rostro de mañaza rica y se pone a rebuznar incoherencias y amenazas. Ahí ya se jodió la tarde, el siquiera intentar desviar el pensamiento hacia asuntos útiles. Y no es simple patrioterismo de despreciar a quienes destrozan la tierra de uno, sino entristecerse en saber que aquel ente lampiño, de destrezas alcohólicas y asesinas, es representante nacional. Nada tiene que ver la raza en esto, basta ver a los borricos ilustrados de los expresidentes que a pesar de aristocracia y diplomas balan en palacio ante las desdichadas opiniones del supremo mandril. Quizá me equivoqué de profesión, debí ser zoólogo y diseccionar estos especímenes que de raros no tienen nada, que -lástima decirlo- denuncian más bien la característica nacional.
¿Botánico tal vez? Para nutrirme del jugo de la hoja sagrada, sagrada para los españoles, para los patrones, siendo emblema de esclavitud y de dominio. Ha vuelto a serlo, hoy que el Apu se reconforta con el lucro indebido y criminal del envenenamiento colectivo, no solo del gringuerío apesadumbrado que busca la felicidad en el pasmo narcótico, pero también para una juventud propia, que sin conciencia camina al foso que excava para ella quien supone amarla y protegerla de la malignidad telenovelesca, de enfrentamientos entre pistoleros o erguidos pezones de preciosas starlets del cinematógrafo.
Shimose decía que quería escribir y le salía espuma. Dichoso él, porque a mí, de pensar en estos estertores de averno, me sale brea negra como awayo de Calcha. Y la ira, que aconseja mal -a veces- me hace desear que a los imbéciles del gran ejército plurinacional que contrabandean en las fronteras, Chile hoy, debieran echarles cadenas y obligarlos al picapedreo, a ver si para algo sirven.
Es posible que un joven autor oriental de quien leí opiniones tenga razón y mejor resulte no hablar de Evo y su ganado; dedicarse a prácticas de onanismo intelectual que al ser leídas no den cuenta de un estado de ánimo patriótico, origen, ni de dónde se viene ni a dónde se va, como un pajero anodino cualquiera, trashumante e intrascendente. Para ello no me acompaña el carácter, porque a la fantasía de mis vicios siempre preferí mujeres de carne y hueso, y al silencio ante lo insólito e injusto, la palabra en la forma que viniera, pero nunca rebuzno ni balido.

Claudio Ferrufino - Coqueugniot  es escritor.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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