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jueves, 26 de mayo de 2011



Síntesis de amor es la Madre
Mauricio Aira

Enloquecido aquel hombre asesinó a su madre y le arrancó el corazón que llevaba en la mano cuando tropezó y cayó al suelo entonces escuchó su voz  “te has hecho daño, hijo mío?” ejemplo patético del amor de madre que no tiene igual. O aquel huérfano que “mirando un nido de aves entre sollozos decía,  dichoso aquel que tiene madre”. La mente repasa las imágenes de la heroicidad de aquellas que convertidas en palliris, barrenderas, profesionales, estudiantes y que siendo madres renuncian a todo otro deleite para consagrar su vida a los seres que han engendrado. Recientemente la consagrada actriz Penélope Cruz declaraba “desde el mismo instante que vi la cara de mi hijo recién nacido cambió mi vida”
En cada hogar, de cualquier sitio del mundo habita un ser dispuesto siempre al máximo sacrificio por el amor a sus hijos. Severo el padre que observaba la conducta del adolescente que renegaba de su madre “no hay en el mundo, entiéndelo bien ningún otro ser que te ame tanto como tu madre” En efecto cuando apelamos al vocablo heroínas lo asociamos con madres sacrificadas, mas todavía en la historia de Cochabamba fueron las madres que percibiendo el peligro que asechaba a la Comunidad y en ausencia de sus hombres que estaban guerreando no dudaron un instante y salieron a enfrentar al invasor en la famosa “Colina de las Heroínas” un 27 de mayo con el sacrificio de su vida. Sublime condición de mujer madre que la libera de toda culpa cuando se trata de luchar por sus seres queridos. Las encontramos a lo largo de toda la historia entre los pobres y entre los ricos, entre los ignorantes y los ilustrados, entre cholos y mestizos y gentes citadinas. Están allí como ejemplo paradigmático de grandeza, de sacrificio y de abnegación.
Todas las madres son heroínas, protagonistas de la vida diaria, ángeles de la guarda que velan por “sus cachorros” cuando niños llevándoles el pan a la boca, de la mano a la escuela, cuidándoles si se enferman, asistiéndoles en sus necesidades, velando por su sueño y apoyándole a hacer de sus sueños una realidad. No tenemos que ir lejos para encontrarla, ella está ahí siempre, llena de afecto y de comprensión. Dispuesta siempre a escuchar, a perdonar, a continuar apoyándonos en todos los emprendimientos nuestros, aún en los más alocados e inverosímiles. Cuando anciana sus palabras son sabias, las inspira en el inmenso amor que nos tiene y cada uno de sus consejos son como gotitas de sabiduría que los  vierte por los labios.
A poco de consagrar su alma al Padre, pendiente de la Cruz se dirigió a su Madre: “mujer he ahí a tu hijo” y dirigiéndose a Juan, “he ahí a tu Madre”. Herencia postrera que el Salvador nos legó a todos los hombres. Nos deja por madre a la suya propia. De modo que los que hemos nacido en el seno de la Iglesia tenemos una intercesora poderosa para aumentar nuestra Fe. Ella nos asiste sin pausa. Cuando pareciera que todo se nubla, que el dolor no se soporta, que la carga es pesada, allí en aquel instante está Ella presente porque ha recibido el mandato de velar por nosotros como lo hizo con aquel que concibió e hizo nacer, que cuidó siempre, cada uno de sus días y que al descender de la Cruz mantuvo entre sus brazos. María, Madre de Dios y madre nuestra ruega por nosotros!