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martes, 19 de enero de 2016

aturdido, desgastado, desorientado, temeroso,, anonadado, acomplejado, inseguro, así está el Régimen a poco del 21F, aunque "envalentonado" según Puka Reyesvilla, que no ahorra adjetivos para designar a la yunta Evoalvar en las postrimerías del principio del fin.

Independientemente de lo que nos deparen las urnas el venidero veintiuno de febrero –aunque, guiado por el cóctel de encuestas al que nos hemos sometido estos días, que antes que mostrar oculta en buena medida (alrededor de 20%) el sentir ciudadano, intuyo que el resultado no será el que la dupla en el poder está buscando-  el espectáculo que el régimen nos está brindando es impagable (¡y lo tenemos gratis!).

En su desplazamiento a tientas buscando un titular del “NO” para polarizar con éste, el otrora certero régimen se ha mostrado tan carente de imaginación como de escrúpulos. Su proceder es comparable al de un cazador que dispara a mansalva cartuchos rellenos con perdigones esperando que alguno dé, por pura casualidad, en la cabeza de algún animal causando su cólera. Uno de esos perdigones alcanzó a un zorro muy venido a menos, el único que respondió (probablemente estimulado en su ego, añorando el protagonismo que alguna vez tuvo). Tal es la talla, asimismo, de un régimen del que, no obstante ser antagonistas suyos, le reconocimos cierta lucidez en otros tiempos. Reacio a debatir con figuras de mayor preparación intelectual que la suya, ahora Morales se autocomplace contendiendo con un espectro convenientemente desenterrado que, agradecido, le sigue el juego introduciendo ruido en el asunto de la re-re-reelección. Mayor funcionalidad, imposible. La duda es si el régimen podrá sostener esta farsa hasta el día del referendo, cosa poco probable.

Pero entretanto, y como referí, la desorientación del régimen merece un lugar privilegiado en la galería de la chapucería política. Tanto el number one como el number two, se despacharon mayúsculas trapisondas –ni qué decir de sus serviciales como el ministro de Trabajo o la ministra de Comunicación-. Aquel, alternando declaraciones en tono de despedida con discursos triunfalistas (“70%”) en patente muestra de esquizofrenia política; éste, articulando arengas sobrenaturales denotando su absoluto desprecio por el raciocinio de los demás.

Mientras esto ocurre en el plano discursivo, en el de las acciones pasa tres cuartos de lo mismo.

Veamos cómo, hasta que un perdigón rozó la pelambre de un mamífero, el régimen sobó insistentemente los nombres de una serie de personalidades, instituciones e incluso países, sin conseguir mayor respuesta a sus provocaciones.

Entre los que llevaron lo suyo se encuentra el sacerdote Solari (otros curas contra los que el régimen arremetio despiadadamente fueron el padre Mateo y el mismísimo cardenal Terrazas) a raíz de testimonios suyos contenidos en un libro con sus memorias. “Cuando se decidió escribir el libro no se sabía nada de esta reelección” tuvo que aclarar el clérigo Carrillo, autor del volumen. El Departamento de Estado de EEUU fue otro “enemigo” –el más recurrente, probablemente- fruto de la paranoia delirante del régimen, señalado por financiar al “NO”, con “pruebas” risibles, para variar. Y no se quedó en amenazas. Con admirable oportunidad, el Congreso autorizó la prosecución de un juicio de responsabilidades contra el opositor Samuel Doria Medina, quien estuvo desempeñando un papel relativamente discreto en esta coyuntura, más bien de cesión de la iniciativa a la ciudadanía –cosa que el régimen nunca llegó a asimilar-. Y, en el colmo de su paroxismo, el oficialismo desató toda su furia contra Carlos Mesa, duro crítico del prorroguismo.


Aturdido, desgastado, desorientado, temeroso, anonadado, acomplejado, inseguro –aunque envalentonado-, así se encuentra el régimen a falta de exactamente un mes para el verificativo del referéndum sobre la re-re-reelección de sus dos patrones.