Páginas vistas en total

jueves, 23 de agosto de 2012

talante autoritario y humillante para el ministro brutalmente destituído acusado de mentiroso. es que no respeta EM la dignidad humana? El Deber, SC

Tras la pública acusación presidencial de “mentiroso” respecto a la provisión de agua y energía eléctrica al aeropuerto de la sureña población de Uyuni, a Felipe Quispe Quenta no le quedó otra alternativa que renunciar casi de inmediato a sus funciones de ministro de Agua y Medio Ambiente, cargo correspondiente a la ‘cuota de poder’ asignada a las organizaciones sociales del MAS de El Alto y que después de seis años se ha quedado sin espacio ministerial. El nuevo titular es José Antonio Zamora, viceministro del área ‘ascendido’por el Gobierno. 
Como a otros que no hicieron bien sus tareas, con algo de suerte, al ahora exministro podría corresponderle un cargo diplomático o alguna otra función en la estructura gubernamental.
A tiempo de posesionar al sucesor del renunciante, durante la respectiva ceremonia palaciega, el presidente Evo Morales públicamente fijó un plazo de 30 días a tres ministros de Estado para que concluyan todas las obras en el aeropuerto uyunense. Son de imaginarse las arremetidas verbales del jefe del Estado en caso de que no lo hagan. Podrían verse obligados a emprender la retirada, igual que el aludido excolega de gabinete.
Son diversas las causas del talante autoritario que S.E. manifiesta al humillar en pleno acto público a uno de sus colaboradores. Acaso la principal sea la de carácter político, asociada a la necesidad de quedar bien ante sectores de la colectividad que pudieran sentirse molestos por deficiencias, fallas e incumplimientos en lo que hace a la ejecución de obras públicas, fin para el cual descarga toda la responsabilidad en sus asistentes.
Otro de los factores determinantes de tal comportamiento apuntaría a evitar que la presión agazapada en bases masistas derive en reacciones que pongan en jaque al Gobierno. Al respecto, debe cumplir efecto de tapón el ministro o los ministros obligados abruptamente a dejar sus cargos, incluyendo su descalificación pública para mayor escarmiento. La referida presión no disminuye en sectores sociales donde algunos dirigentes sueñan con ser ministros de Estado. Están atentos a lo que hacen o dejan de hacer los titulares de la respectiva cartera. En caso de que no satisfagan las expectativas de los sectores que representan, revuelven el avispero para inquietar al Gobierno.
Como es sabido, la mentira, en la cultura indígena, sobre todo en la del occidente del país, está poco menos que satanizada. En muchas comunidades del altiplano aquel “ama llulla” (no seas mentiroso) sirve aún de fundamento para modalidades de trato vejatorio a quienes falseen hechos o situaciones, aunque en ellas nada ni nadie hace desaparecer este tipo de infracciones en la relación social, como acontece en todas partes del mundo.
Todos los factores mencionados determinan que ahora, en el Palacio de Gobierno, se haya puesto fin a la tradición de reserva (sesiones de gabinete a puertas cerradas) a la que el jefe de Estado ajustaba sus decisiones respecto a causas y razones de permanencia o no permanencia de su equipo de colaboradores en los diferentes ministerios. Sobre el particular, solo se registraban trascendidos a los medios de comunicación social, pero no previas, sonoras y públicas sindicaciones presidenciales que obligaran a un ministro de Estado a renunciar de inmediato a su cargo. En fin. Son los vientos del ‘cambio’