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domingo, 17 de enero de 2010


Un periodista español describe en su blog el patético cuadro de un pueblo que gime en el dolor

Lo he dicho en las crónicas en RNE, lo escribo ahora en este blog: lo que estamos viendo y viviendo en Haití, en Puerto Príncipe, es de un dramatismo indescriptible. Resulta muy difícil encontrar las palabras con que expresar el desaliento, el nudo en la garganta, la sobrecogedora angustia que uno siente ante una catástrofe de esta magnitud. Uno tiene la sensación de que el lenguaje no llega, el léxico se queda corto para poder definir algo que está mucho más allá de lo que se pueda verbalizar: es, verdaderamente, un dolor imposible de definir.

En estos días el olor de la muerte, ese olor acre, amargo y profundo, va extendiéndose por el aire de Puerto Príncipe. Se cuela por las fosas nasales, y, como en otras ocasiones, se queda ahí, a medio camino entre la garganta y el estómago. Cuando llega la noche ese olor permanece, inamovible, imborrable.

Hay cadáveres en las calles, en algunos lugares apiñados, como si fueran una dantesca barricada para impedir el paso de la vida. Porque ciertamente hablar de vida en estos días en Puerto Príncipe resulta una ironía.

La gente camina, lleva días caminando como sonámbula, de un lado para otro, aparentemente sin sentido determinado, sin destino, si lugar adónde ir. Todo lo que les rodea es destrucción, es desolación, como si la ciudad hubiera sido bombardeada sin tregua ni misericordia durante días y días.

La capital haitiana es una ciudad devastada, asolada. Deambular por sus calles es asomarse a un escenario sobrecogedor de horror y muerte. Y uno no sabe hacia dónde mirar, una vez más uno no sabe donde resguardar la mirada.

En uno de los edificios gubernamentales derruidos un equipo de rescate ha localizado a un hombre con vida, al tercer día del terremoto. Trabajan desde lo que fue la azotea que hoy está sobre el primer piso, los demás se han hundido y apelmazado, formando un solo bloque de hormigón y hierros retorcidos. Me subo a la azotea. El hombre está atrapado por parte de la estructura y otro cadáver junto al que sobrevive desde hace tres días.

Un equipo español inicia el rescate de un niño que está atrapado en otro edificio. Hablan con él para que se sienta calmado. La estructura puede terminar de hundirse en cualquier momento. Finalmente un bombero llega hasta él y lo saca, entre ovaciones de las decenas de personas que presencian la escena. Durante todo este tiempo ha permanecido junto a dos cadáveres. Sus ojos muestran sorpresa, incredulidad.

Escucho, entre las ruinas, algunas débiles voces pidiendo auxilio. Ocurre en distintos lugares aunque esas voces se van apagando cada hora que pasa. La impotencia que uno siente es también indescriptible. El nudo en la garganta se hace más intenso.

Envío una crónica a RNE, la voz se me entrecorta, se me ahoga. Tengo ganas de llorar y no resulta fácil contener las lágrimas. Dejo que fluyan cuando termino de hablar.