Serenidad ante el futuro
Resuenan ásperas en los oídos las palabras del Presidente de la República al reaparecer en la escena nacional horas después de concluido el referendo autonómico. Manipulando a capricho unas cifras que sólo podían tener cabida en su enfebrecida mente, con la finalidad de ensombrecer el certamen y desahuciarlo, el jefe del Estado proclamaba con voz trémula el fracaso de la consulta practicada en esta fraternal Santa Cruz de la Sierra. Y concluia –tal vez impulsado por un complejo de culpa-, anunciando su determinación de dialogar, caballito de batalla que de verdad, tan estropeado ya tiene. Celebróse con espontaneidad aquí, como se lo hace en circunstancias parecidas, el éxito del referendo porque, en primer término, permitió al pueblo renovar pública y fervorosamente sus votos de esperanza. Y luego porque echó por tierra maliciosos vaticinios como los de fraudes, confrontaciones sectoriales hasta con armas en brazos, manifestaciones separatistas, agresiones recíprocas e incluso de naturaleza familiar. Hubo referendo y no a la luz de rayos y centellas ni entre repique de tambores de guerra como se intentaba presentarlo con carácter previo. Muy por el contrario, el referendo tuvo las características de una gran fiesta de confraternidad, que ni siquiera extrañó a la fuerza pública puesto que a nadie se le pasó por la mente alterar el orden y la paz. Y la culminación fue más feliz todavía, allí en el ámbito de nuestra Plaza Principal en que tanta historia se ha escrito, de la buena. Los discursos del cierre, mesurados por su brevedad y contenido, trasuntaron ideales comunes, no sólo para la gente de nuestros llanos, sino más bien para los bolivianos sin excepción. La entonación, por la multitud congregada, del Himno Nacional, puso el marco solemne y templó, como era de esperar, los espíritus de propios y de extraños. Para que las cosas se den con la claridad meridiana que aquí se alcanza regularmente, es necesario actuar de cara al sol, conforme a los moldes, a los estilos de quienes no tienen compromisos subalternos, de quienes no obran siguiendo consignas siniestras que llegan desde fuera o que se pergeñan en nuestros propios reductos con aviesos y ya trillados propósitos. Cuando las circunstancias se encaran al margen de las miserias humanas y con el espíritu sin mancha, los resultados no pueden ser malos. Las armas fratricidas salen sobrando allí en el punto donde dominan la razón y el amor. Resta añadir que el referendo no es el comienzo y el fin, que allí, en los logros de este reciente 4 de mayo finaliza la historia. Desde ya, están próximos otros encuentros cívicos de la misma índole. Y una vez consumados todos y cada uno de los encuentros pendientes, aparecerá en el horizonte la viva luz que señalará el camino del boliviano y de la Bolivia nuevos, triunfadores, pacíficos y felices de su sino.
