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miércoles, 19 de marzo de 2008



La Cruz símbolo de Amor
Mauricio Aira
(imagen del Justo Juez venerada en Sevilla, España)

Cuando el Presidente de la República en solemne sesión es proclamado como tal confirmando su democrática elección, se pone de pie frente a un crucifijo, dos cirios encendidos y la Santa Biblia y jura cumplir y hacer cumplir la Constitución Política del Estado. La ceremonia reviste un profundo contenido espiritual que se arrastra desde aquel primer 6 de agosto de 1825 cuando el Libertad Simón Bolívar juró como el Presidente Número Uno de Bolivia.

Porqué la Cruz? porque es el signo de la victoria y del amor, puesto que Cristo venció al pecado en la Cruz y nos amó en la Cruz, no en vano el pueblo cristiano al hacer la señal de la cruz con los dedos pulgar e índice de la mano derecha, besa la misma en acto de fidelidad a los libros sagrados que tiene ante sí.

Pocos saben que fue Santa Elena madre de Constantino que peregrinando a Jerusalén en el 346 en busca de la cruz en que murió Cristo, encontró tres cruces después de excavar en el Gólgota y ello porque su hijo el Emperador se había enfrentado contra los bárbaros a orillas del Danubio, cuando la victoria parecía imposible dado el número de los invasores. Constantino tuvo una visión al ver de noche que la Cruz de Cristo brillaba en la oscuridad y encima pudo leer “inhoc signo vincis” con éste signo vencerás. Mandó entonces construír una Cruz al frente de su ejército que venció la batalla. De regreso en Roma averiguó el significado de la Cruz, se hizo bautizar cristiano y mandó construír iglesias por todo el imperio.

Acto seguido mandó a Elena a Jerusalém en busca de la verdadera Cruz que los ancianos de la Iglesia ayudaron a encontrar la preciada reliquia en el monte del Gólgota habiendo sido los albañiles que la encontraron primero. Santa Elena murió implorando que todos los cristianos respetaran siempre la Cruz. Para el pagano, idólatra, fetichista, la muerte era toda una tragedia, no tenía ideas claras sobre el más allá rodeado de oscuridad y enigmas.

La muerte de Jesús había sido trágica, sus enemigos habían logrado lo que querían, o sea quitarlo de en medio, los fariseos porque Jesús había desenmascarado su hipocresía, los sacerdotes porque había denunciado la vaciedad de un culto formalista, los saduceos porque había refutado la negación de la resurrección, los ricos porque les había echado en cara las injusticias de su conducta, los romanos porque lo consideraban sedicioso. Jesús había muerto abandonado por todos, parecía que el odio hubiera vencido sobre el amor, el poder la debilidad del hombre, las tinieblas sobre la luz, la muerte sobre la vida.

Aquella tarde parecía que todo había terminado los enemigos de Jesús podían descansar tranquilos, aunque en lo más profundo de los acontecimientos la realidad era distintas, Jesús no era un vencido sino un triunfador, no lo aprisionaba la muerte, sino que había liberado de su brazo mortal, lo que parecía ignominia se transformó en gloria, lo que pensaban que era el fin, no era sino el comienzo de una nueva etapa. La cruz dejó de ser un instrumento de tortura, para convertirse en el trono de la gloria del nuevo Rey y la corona de espinas en una diadema.

Con su muerte le dio nuevo sentido a la vida, al dolor. Sy muerte condena la injusticia de los crímenes y asesinatos, la explotación de los oprimidos. Su muerte no es tan sólo un recuerdo que se vive en Semana Santa, y cada vez que alguno “jura por Dios y por la Patria”, nos impone mejorar el mundo, destruír las estructuras del pecaso, restablecer la condiciones de paz, construír una sociedad basada en la concordia, la colaboración y la justicia.

Todas estas verdades que las tenemos dentro desde niños porque nos formamos en el seno de la Santa Madre Iglesia surjen a borbotones cuando rescatamos el significado del juramento que profesan los dignatarios cumpliendo rigurosas normas del protocolo vigente en nuestros usos y costumbres, de modo que mal hacen quienes pretenden incorporar nuevas fórmulas como la de jurar por los ponchos rojos, o diablos azules, o cascos amarillos, que algunos desorejados funcionarios quieren introducir de contrabando en el hecho del juramento, o sea el compromiso formal de trabajar por el Bien Común, por el interés de la Patria, según las leyes de Dios y de la República.

Para nosotros los cristianos la Cruz del Señor es el hermosísimo signo de la victoria, muestra de la misericordia y nada de qué avergonzarnos o cambiar por otros signos de valía temporal que desaparecerán tan pronto que harán que la Cruz brille aún más por que lo que representa no ha logrado ser opacado por ninguna revolución anticristiana, que pretenden anular la Cruz en los edificios públicos, en las escuelas, en los tribunales o en las Alcaldías. En el seno de los hogares en lugar de la Cruz se ven toda clase de fetiches, ídolos de barro que desaparecen en un soplo de la vida, o reemplazarla por fantasías, o símbolos del zodíaco, en la pretensión de que el crucifijo desaparezca, el juramento haga aguas, y que el Justo Juez del Crucifijo sea borrado de la vida pública. Estamos a un paso de la desaparición del juramento “por Dios y por la Patria” y su sustitución por la whipala o los originarios.

No se desea tener al Crucificado como testigo de los actos oficiales, no se quiere mirarle a los ojos, ni someterse a su juicio, al parecer se empieza a resistir su presencia, mala cosa para los inventores de la pólvora que a título de cambio, pretenden borrar a Dios y la Iglesia de la vida pública y de la educación. Por la Cruz se realizan los más grandes sacrificios y se obtiene la fuerza para cumplir la Ley y no faltar a la Justicia. San Pablo proclama la fuerza del Crucificado, es sabiduría con la que venció al astuto demonio, es la Fuerza que salva al creyente, es Amor entregado por el Padre al mundo hasta la muerte y muerte de Crus. El mejor Maestro de una vida sin tacha, no te escapas jamás de la mirada de nuestros ojos, tu será el Juez de tus enemigos que te quieren eliminar del mundo, de los que “no quedará ni uno sólo que no quede aplastado bajo el poder de tus pies soberanos”.

El nombre del Señor es Santo por ello el hombre no puede hacer mal uso, lo debe guardar en la memoria en un silencio interior, no lo empleará sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo (cf Sal29; 96, 113) El temor de Dios es un sentimiento cristiano positivo porque frena los instintos, al estar ausente veamos lo que ocurre con la llamada justicia comunitaria y el más de centenar de víctimas mortales de la visión sin Justicia Divina. Ser cristiano es dar testimonio de Dios recordando que el segundo mandamiento prohibe abusar de su nombre en vano. (Mt.10,32 y Tm.6)

El juramento es una promesa solemne que compromete el honor, la fidelidad y la autoridad de Dios. Deber ser cumplido y respetado. Sustituírlo por otra mención (como la de los Ponchos Rojos u otras) es simplemente ultrajante, niega el rito de compromiso en función de objetivos subalternos, de ahí su importancia y seriedad, lo otro es una fantochada, un remedo que desaparecerá tan pronto cambie la Administración


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