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miércoles, 23 de marzo de 2016

lindo el relato de Ferrufino, aunque luego de la segunda lectura sigo preguntándome porqué titula "el requiem por La Habana" si la palabra latina significa in memorian, o sea para recordar...en fin, estoy seguro que Claudio nos lo explicará galán a vuelta de hoja.


 Pedí autorización del Departamento del Tesoro para viajar a Cuba. Presenté los documentos relacionados con la cultura que supuestamente me lo permitirían y nada: la negaron. No me iba a quedar así y, con Ligia, tomamos un avión hasta el D.F. mexicano y luego a Cancún. Una visa en papel, que costó diez dólares, nos permitió viajar sin rastro hasta La Habana. Antes de llegar comenzaron a fumigar el avión, debajo de los asientos, arriba, los baños. Era la primera vez que nos fumigaban adrede con alguna sustancia química perfumada. El altavoz decía que no nos preocupáramos, que era protocolo para Cuba. De entrada se notaban las carencias. Luego del idílico mar verde del Caribe mexicano, se nos ofrecía lo descascarado de una sociedad angustiosa, dramática veinte años atrás. Pasada la aduana de rutina, dos personajes me señalaron y dijeron que querían entrevistarme. La “entrevista” consistió en qué venía a hacer, dónde me hospedaría, cuántos dólares tenía conmigo, en qué trabajaba en los Estados Unidos. “Servicio secreto”, pensé, y recordé el mito de la eficiencia del espionaje cubano, pero... aquellos agentes anotaban todo con un medio lápiz mal tajado y en papel usado de oficina; sería un esbozo de rutina también. Luego me dejaron ir y se cebaron sobre un noruego con patas de rana que obviamente venía a bucear. Llegamos al hotel en El Vedado. “Aquí se alojaron Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral” rezaba un cartel con fechas. Me alegró. Por la ventana se miraba un elefante blanco soviético, antiguo y altísimo edificio. Parecía un esqueleto devorado por la roña. En el aire flotaba el encanto del poeta favorito de mi madre. Llueve sobre la cabeza de la suegra de Barack Obama mientras rememoro y veo en el noticiero pormenores de la visita del presidente negro. La Habana, se lo decía a mi madre que amaba Buenos Aires, es una de las más hermosas ciudades del mundo. Piedra monumental en forma de catedrales y fortalezas. La ceiba del principio de España. “El mejor capuccino que he tomado en mi vida”, afirma mi mujer paulista... poco saben de café los brasileños... En la Plaza de Armas rebuscamos entre chucherías la herencia de la conquista y la colonia. Compramos una cabecita de esclavo en plomo, de un par de centenas de años, una biografía de Eisenstein por Viktor Shklovski y otras cosas. Nos muestran una escultura de John Lennon pero no vinimos a ver al beatle. Mejor, años ha, retratarme al lado del bronce de Benny Moré. A la suegra de Obama le regalan flores rojas; rosas blancas a su mujer. Raúl Castro no lo espera. Es un típico desaire latinoamericano que todavía hace efecto entre las jaurías izquierdosas. Masturbación, porque nadie con el ansia de los Castro por este momento; en serio. Lo que tenía que decir de Cuba lo dije en su momento. Fue un tiempo de inmensa alegría. Oculté cosas por vergüenza, porque me pareció traicionar a una gente que había sido magnífica en su recepción y cariño. Lo sigo creyendo. Los males del régimen no tocan lo fraterno. Hay un dejo satisfactorio y triste al pensar que se estuvo en cierto lugar condenado a desaparecer. No hablo de revolución sino de la suma de factores que moldearon la Cuba contemporánea, ruidosa, feliz, engañada y orgullosa. No la volveré a ver como fue, ambivalente, colgando de un hilo, pedigüeña e largamente dadivosa. Va con su música, con la imborrable imagen de un vetusto bar de Cienfuegos donde negros viejos bailaban danzón, danzaban bailón. Ahora, y según lo previó con genio Alen Lauzán, artista cubano en Chile, el Hombre Araña se ha encaramado sobre los brazos de José Martí y comienza otra historia. Mejor y peor, de acuerdo a la costumbre de cualesquier matrimonio.