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jueves, 12 de diciembre de 2013

ramón Rocha Monroy le canta a su rio, el rio Rocha claro, "aquí nace el Amazonas, el Caine, el Mamoré" que echan sus aguas al coloso y éste al Atlántico, recuerda "el cronista..." sus años mozos y añora el pasado pueblerino de la llajta...linda lectura Ramón!

Cada mañana cruzo el puente Antezana y contemplo mi río. Se me vienen unas palabras que leí: el río está cansado, pero el río Rocha no se cansa nunca. Sabe Dios cuántos siglos sigue allí, como se dice desde tiempos inmemoriales, y fluye y fluye sin aspirar jamás a la jubilación. Es un río contaminado, vilipendiado, a ratos triste y afligido, pero la noche del martes llegó y ostenta esas aguas amarillas que denotan vida y vigor, aguas llenas de limo, de lama, esa palabra tan maternal y rica para la agricultura.
En los peores días de estío, sus aguas parecen detenidas, pero hay una corriente interna que continúa fluyendo. En este hilo de agua, en estas alturas que nos cobijan comienza el Amazonas, quién lo creyera. Es mi río que se convierte en Caine y luego en Mamoré, afluente del Amazonas; son las mismas aguas que dan una curva inverosímil y se precipitan al mar mucho después de haber cruzado la frontera. Pero fronteras no hay para mi río.
Cuántas cosas han visto estas aguas, cuántas escenas de amor escondido. Dicen que antes antes se llamaba Kunturillo pero sufrió un desvío hacia su lecho actual y entonces lo llamaron el río de Rocha, y luego el río Rocha. Si la memoria no me falla, recuerdo que hasta fines de los 60 mi río pasaba pegadito a la acera este de la Costanera, separado de la ciudad por un pequeño callejón donde tenía su zapatería el Chingolo, soldado de mi papá en la guerra y mi gurú literario. Luego canalizaron sus aguas y se pegó a la otra orilla, liberando tierras para el actual Bichvoley. Hermosos días en los cuales vivíamos con un pie en el campo, casi a orillas del río, y otro en la ciudad, pues bastaba cruzar la Teniente Arévalo para estar en El Prado.
Un buen amigo me previno que no me iba a olvidar de su nombre y cantó el huayño “Potosino soy”, sólo que alterando la letra:
“El bravo sin igual, Carlitos Ibáñez”. Me armé de valor y le advertí a mi vez que de mi nombre tampoco, por ese taquirari que decía: “El río Rocha Monroy, cuida tu hermoso verdor…” ¿Acaso mi río nació de gajo para no tener apellido materno? ¡Vaya, che!
El río fluye y fluye entre dos riberas en las cuales creció la ciudad. Es una metáfora entre la vida y la muerte. Cruzar sus aguas con el barquero Aqueronte o a través de las saltanitas es pasar de la vida a la otra orilla, donde quizá se vive pero en un plano distinto, en otra frecuencia de onda. Imagino esta posibilidad y pienso que quizá mi alma se acerque a la orilla cuando me llegue la hora y cruce a la margen opuesta, con la alegría que entraña bajar al lecho y mojarse los pies.
Juan Peco, valeroso extremeño, me muestra en un video el lecho del río que cruza Madrigalejo, el pueblo en que nació. Es poco más que una serpiente negra y entubada, pero no era así, porque tenía un kilómetro de ribera a ribera y abundancia de vegetación, de pájaros y de peces. Pero un día vinieron los ingenieros y acabaron con esa forma de vida que alegraba el pueblo.
Por eso mi amigo Juan concluye: Si hay paro en España y hay ingenieros incluidos, bien les haya, que es como decir Que se jodan. Eso me recuerda el lecho del río Rocha y las barbaridades que hicimos con él canalizando sus riberas y echando aguas servidas a su curso, a tal punto que las aves migratorias se han vuelto carroñeras por los pollos muertos que botan en él unos avicultores inescrupulosos. Aun así, mi río es el habitante más laborioso de esta tierra de mujeres y hombres infatigables, llank’adores, plenos de energía vital. Uno diría que está cansado y que su futuro es incierto, pues no se sabe si continuará siendo un depósito de aguas servidas, si lo van a entubar, si harán una avenida sobre él o si volverá a sus días felices con las aguas de Misicuni, pero allí está, fluye y fluye, como quería Heráclito y también este servidor, que nunca será el mismo Rocha.
En la dulce tribulación de la última hora, me gustaría que me cremen, para no joder con mis restos, y que esparzan mis cenizas en el cauce del río, en la avenida más próxima, desde uno de los puentes; que la gente vista de colores y que una comparsa valluna con acordeón, charango y guitarra amenice la fiesta. No se preocupen que voy a ahorrar para pagar los gastos del convite al cual están invitados todos, todos. Que lleven buena chichita y se sirvan en mi nombre, aunque sea lunes de ley seca.