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lunes, 27 de mayo de 2013

Gastón Cornejo recrea la historia de la Coronilla en detalles inéditos para la mayoría de nosotros y concluye reclamando por el cuidado de la Colina y la ejecución de los proyectos para preservar su existencia.

Coronilla de los recuerdos de infancia, de las anécdotas de gran solemnidad contadas por los abuelos y los maestros de escuela, de las marchas endulzadas por las sabrosas mandarinas otoñales y las muchachas del Irlandés y el Santa María subiendo sudorosas la colina de San Sebastián.

Marchas detenidas en la cumbre por elocuentes discursos de evocaciones patrióticas, antiguas hazañas increíbles de mujeres sacrificadas por un ejército criminal invasor, el de Goyeneche, realista dispuesto a castigar la rebeldía histórica de una villa poblada de insolentes contrarios a depender de los amadísimos reyes españoles que recibían tributo indígena a manos llenas. Lugar alejado del Altoperú, en el corazón de América, valle húmedo poblado de molles y jarkhas, cuyos mestizos salieron a luchar y a ser derrotados en el Quehuiñal de Pocona; y sus atrevidas mujeres, sedientas de dignidad, se inmolaron ante un pertrechado ejército español...las Heroínas de Cochabamba el 27 de mayo de 1812.

En esa colina de tradiciones sagradas, desde el tiempo precolonial, se enterraron autoridades reales del Incario, allá quedó un Rey Inca con atuendo de oro, hallado años más tarde por un extranjero, fue enviado al Museo del Oro a La Paz por desconfianza regional en preservar patrimonio. Allá descubiertas numerosas piezas de keros artísticos precolombinos cuando se iniciaba la construcción del nuevo estadio cerrado en el lugar del de la Plaza de toros. Allá el suceso de levantamiento de noviembre de 1730, y el castigo real el 31 de enero de 1731 cuando la colina recibió un fragmento corporal del mestizo Alejo Calatayud luego de ser traicionado por Francisco Rodríguez Carrasco, colgado en la horca el día anterior en la Plaza Principal, expuesto todo un día y al próximo arrastrado por las calles hasta la Coronilla, descuartizado se puso el brazo derecho con el bastón de mando clavado en “garrucha” en la cumbre del mismo cerro. La cabeza freída en manteca enviada a Charcas donde la Audiencia aprobó el celo del traidor responsable y envió a un Oidor Manuel Isidoro Mirones a informarse de la tranquilidad de la Villa; a sugerencia de éste, el Virrey ordenó la demolición de la ermita de la colina trasladándose al santo San Sebastián allí venerado, a la Iglesia de la Matriz, ahora en un rincón de la Catedral, porque: “en la festividad había mucha concurrencia y les renovaba la memoria de su insolencia y era profanado con borracheras y amancebamientos”. La ermita fue destruida por 70 indios vigilados por el cobrador de impuestos.

Debió ser reconstruida posteriormente por gente responsable pero las autoridades desde entonces hasta el presente pecaron de ignorancia histórica. Quizá, como escribe un autor universitario, las heroínas cobijadas en ese ambiente religioso hubiesen salvado gracias al respeto de las huestes realistas de Goyeneche. Tal vez.

¡Ah! Colina saqueada por ladrones de bronces. Colina visitada con orgullo y hoy temida por estar habitada de drogadictos sin control municipal. Colina abandonada por irresponsables autoridades a pesar de las dos leyes de patrimonio. Colina que cumplió el Bicentenario de heroísmo, ignorada por ignaros de la historia cochabambina. Colina con proyectos histórico-culturales jamás cumplidos por autoridades negligentes. ¡Bendita sea la memoria que atesoras!