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lunes, 25 de julio de 2011

clima de violencia e inseguridad intolerables se vive en las principales ciudades de Bolivia que tienen su origen en la "permisividad con el narcotráfico. con el aumento iliminado de la producción de coca. con el desgobierno y la falta de Justicia concentrada más bien en la persecusión política de opositores.



Cada día que pasa la creciente inseguridad ciudadana y la violencia ligada al tenebroso círculo del narcotráfico dejan su impronta en los noticias de la prensa local. La situación que se vive tiene varios aspectos comunes a la experimentada a principios de la década de los años ochenta. En ese entonces, el descaro con que actuaban los narcotraficantes y sus protectores formaba parte de un anecdotario tolerado por propios y extraños, hasta que la tragedia de Huanchaca y la violenta desaparición del naturalista Noel Kempff Mercado a manos de testaferros, sacó de su letargo a una ciudadanía hasta ese momento complaciente e incomprensiblemente ingenua. Se supo, así, que narcotráfico es muerte.
 
En la actualidad, las noticias más comunes de la crónica roja se refieren a audaces asaltos a mano armada donde las víctimas son personas que poco tiempo antes han retirado fuertes sumas de dinero de bancos o negocios. La delincuencia organizada ha sobrepasado a las fuerzas del orden y de la seguridad. Por otra parte, la proliferación de grupos pandilleros, de los cuales la Policía tiene cabal conocimiento sin llegar a desbaratarlos, ha llegado a amenazar directamente la integridad física de los vecinos, con secuelas de atracos con muerte, golpizas asesinas, violaciones y amedrentamientos. Un ejemplo es el joven en estado de coma luego de un cobarde ataque de pandilleros.
 
No tiene por qué sorprender que los últimos secuestros, cargados de una inaudita violencia, hayan sido señalados como típicos ajustes de cuentas del narcotráfico. Los hallazgos de cadáveres mutilados de hombres y mujeres le han dado una tónica de horror a la presencia del tráfico de droga en el país y, con especial énfasis, Santa Cruz. Los expertos han señalado en esos hechos de sangre, la mano de grupos organizados -¿Cárteles?- que el Gobierno sigue empeñado en negar. La salida forzosa de la DEA estadounidense parece haber abierto la puerta para el ingreso y temerario accionar no solo de audaces traficantes de cocaína, sino también de su brazo armado: los sicarios.
 
Conviene advertir que la presencia de extranjeros que controlan la creciente producción de cocaína en las cercanías de los pueblos del Norte de Santa Cruz y el flujo de droga desde el Chapare, están cambiando la forma de vida de los pobladores rurales. De alguna manera éstos se están involucrando en la producción de cocaína a través del cultivo de coca o bien participando en fábricas instaladas y camufladas en la espesa vegetación. Sin duda que la pobreza los empuja a esta actividad ilegal, pero también es cierto que la floreciente actividad del narcotráfico obedece al insuficiente control de las fuerzas antidroga y a la permisiva postura gubernamental sobre la coca excedentaria.
 
Todo indica que mientras el presidente Morales permanezca encumbrado en la sindical de cocaleros, éstos se sentirán autorizados a incrementar sus cultivos sin que nadie lo impida. En los hechos, significa que los esfuerzos de la fuerza antidroga nacional seguirán siendo insuficientes e inadecuados para la dimensión del tráfico de drogas. Este mueve dinero, promueve atracos y secuestros y financia crímenes por ajustes de cuentas. En ese ambiente, no extraña que las pandillas generen violencia e inseguridad. Quizás sea hora que el Gobierno asuma la necesidad de solicitar ayuda internacional contra la amenaza auténtica y peligrosa de la creciente producción y tráfico de drogas.
Quizás sea hora que el Gobierno asuma la necesidad de solicitar ayuda internacional contra la amenaza auténtica y peligrosa de la creciente producción y tráfico de drogas. (Editorial del diario El Dia de Santa Cruz de la Sierra)