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martes, 14 de abril de 2009



Juan Abujder o el sacerdocio hipocrático
Mauricio Aira

Un nuevo sofocón por la muerte del hermano. Del hombre fuera de serie cuya historia de vida se puede ver diáfana y transparente en un haz de luz, en medio del dolor por aquel cuerpo que ha dejado de latir y que deja anonadada a su viuda, sus hijos, los nietos y a la única hermana Juana que sobrevive a una frondosa estirpe de tres varones y tres mujeres Abujder Espinoza.

Una oración por Juan Abujder extraordinario amigo que significó tanto para cientos de familias de la colonia árabe formada en Cochabamba por palestinos, libaneses, algunos jordanos, y egipcios, además de las mamás bolivianas cuyos hijos nacieron en sus manos a lo largo de varias décadas en que su solicitud atendió el alumbramiento de vida nueva, con el mismo afecto, la inmejorable responsabilidad profesional, el celo de un médico de alcurnia que jamás comercializó la prestación de sus servicios y que se daba por igual a todas sus pacientes. ¡Dios nuestro de quién procede toda parternidad en el cielo y en la tierra, acuérdate en tu misericordia de tu siervo Juan Abujder que ha sido el amoroso hermano para todos nosotros cuyos hijos vinieron al mundo por su mediación. Lleva su alma a la paz eterna y concédele el premio que se tiene merecido por el amor y la abnegación que mostró en su trabajo. Tú, Señor que ves el dolor de su esposa y la orfandad de sus seres queridos, te pedimos que los protejas para que vayan creciendo en espíritu bajo la inspiración del vivo ejemplo que constituyó su existencia!
!Dios nuestro, Señor de la historia dueño del ayer y del mañana, en tus manos están las llaves de la vida y de la muerte. Se acabó el combate que libró sin tregua, siempre atento al llamado de ayuda en el prenatal, en los nacimientos, en la rutina del postparto. Y después del primer niño, te llamaron por el segundo...por el tercero...y luego vuelta a empezar los nuevos hogares, las nuevas generaciones y tú siempre solícito con una paciencia que no podíamos comprender y ahora nos sobrecoge el silencio y la paz. El sol que no se apaga alumbra ya tu vida. Cerramos los ojos y depositamos al entrañable ser en tus amorosas manos. No llega sólo, no! ¡Miles de seres que recibieron sus cuidados forman un maciso escuadrón que invocan tu Nombre y expresan gratitud!

Tras varios años de formación en España, Egipto, Jerusalem, Colombia el regreso a Cochabamba con Nancy y alguno de los niños que nació en tierras extrañas y una experiencia única como patrimonio, te esperaban las mamás algunas de ellas como mi propia esposa compañera de sangre en la gran familia palestina. Pronto creció la fama y el ginecólogo fue requerido una jornada tras otra, no tan sólo del entorno citadino, llegaron a su consulta de la calle Bolívar de todo el país, sin darle abasto. Allí infatigable estuvo siempre el médico afable, armado de ciencia y paciencia listo a contar con sus pacientes los días y los meses de la dulce espera. Sin nombrar los casos difíciles, las cirugías que en años más tarde introdujera también a Juancho, que siguió los pasos del padre y retuvo con igual celo profesional un segmento leal e incondicional apegado al prestigio de ambos galenos padre e hijo. Fieles al célebre juramento hipocrático de quién se dice concibió la medicina como el sacerdocio sublime de curar almas y cuerpos.

Nos hemos referido en otras notas a la estirpe familiar de un regio palestino que llegado a Bolivia en pleno auge de la minería no dudó en trasladarse a Llallagua y trabajar en el rudo laboreo de la mina donde formó su hogar y nacieron sus hijos que se transplantarían más tarde a la ciudad del valle, mientras don José retuvo al lado suyo a José y Faisal no dudó un instante en sufragar los estudios de Juan allí donde pudiese aprehender lo más actualizado de la ciencia médica, lo que no habría sido posible sin el carácter serio, responsable y perseverante del universitario que nutrió su vida profesional en tan variados centros. Dotado de aquella experiencia volvió a la Patria y se convirtió en un referente obligado en hacer nacer nuevos seres a la vida. Y vaya que lo consiguió!

Durante los 15 años que el cronista vivió en Cochabamba pudo hacer el seguimiento profesional del exitoso ginecólogo y de su vida social dentro de la familia médica y del entorno originario. Formó equipo con una élite de facultativos con los que brindó servicios integrados. Quizo mantener en alto un bien ganado prestigio, sin caer en el mercantilismo de otros similares, sus pacientes estuvieron siempre al margen de la tarifa médica inflexible y severa.

Algunas de sus iniciativas por la socialización de la medicina asistencial marcaron un anticipo a las medidas que llegaron con casi un cuarto de siglo de retraso. Fue un pionero innato aunque entonces sin logros aparentes. Cómo supo mantener el sigilo que malos galenos utilizan para seducir, corromper, chantajear. No en vano prometió “de todo lo que oiga o se me confiese callaré lo que jamás debe ser divulgado considerando la discreción como un deber”. Con cuánta alegría se habrá presentado a Nuestro Padre Común, “he cumplido el juramento sin quebrantarlo y he gozado dichoso de la vida honrado entre los hombres” Así sea!