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martes, 17 de julio de 2007

Capítulo segundo
El día del golpe
El 17 de julio de 1980 había sido un día como otro cualquiera. Como todas las mañanas, había dejado el hotel donde estaba morando después de mudarme con mi esposa y mis cuatro niños a La Paz, y tomé un taxi hasta Radio Cosmos, entonces en la calle Sucre.Llegué a las 7:15 A.M. para dar lectura a mi comentario editorial y entregar las noticias matinales al gran público radial. Estuve allí más de dos horas. Luego salí para recoger algunos papeles en una oficina de enfrente a la emisora, cruzando la calle. Cuando llegué allí, desde el segundo piso pude ver como irrumpían en la emisora gente armada que había llegado desordenadamente en dos camionetas. Eran los ya conocidos paramilitares:—¿Dónde está Mauricio Aira? —, preguntaron.—No está en la radio—, les respondieron.Y procedieron a clausurar la emisora, cerrando así el centro periodístico de mayor oposición al golpe militar. Casualidad la de salvarme de ser detenido por el escaso margen de minutos, aparte de haber sido testigo del operativo paramilitar de mi búsqueda.Alrededor de las 11 horas de aquel aciago 17 de Julio, al confirmarse la rebelión de la guarnición de Trinidad, Beni, claro signo del levantamiento militar, el viejo dirigente obrero Juan Lechín, quien había sido elegido Presidente del Comité de Defensa de la Democracia, convocó a reunión de éste organismo, acto previsible y cantado a voces con anticipación para cuando llegara a producirse el anunciado golpe de estado.El Comité de Defensa de la Democracia estaba constituido por todos los partidos políticos vigentes con representación parlamentaria, o sea, los expresidentes Víctor Paz del MNR, Hernán Siles Suazo de la UDP, Hugo Bánzer de ADN y líderes políticos como Jaime Paz Zamora y Oscar “Motete” Zamora Medinacelli del MIR y del PC, línea Pekín, respectivamente, entre otros en que destacaba Marcelo Quiroga Santa Cruz, fundador del Partido Socialista Uno.Algunos paramilitares y buzos esperaron discretamente desperdigados en el vecindario del vetusto edificio de la Central Obrera Boliviana, donde tenía que celebrarse la sesión. Cuando todos los defensores de la democracia estuvieron reunidos, alrededor de la una de la tarde llegaron simultáneamente cerca de cinco vagonetas ambulancia, de donde descendieron media centena de paramilitares, reclutados entre ex policías de investigación criminal, hampones, maleantes de la peor calaña y desocupados permanentes, todos armados hasta los dientes.Dando ordenes de mando y disparando sus armas de fuego para amedrentar a una pequeña multitud que se había congregado en las afueras de la Avenida 16 de Julio para acompañar a los dirigentes políticos y sindicales reunidos, los esbirros irrumpieron en la sala de sesiones y obligaron a los concurrentes a salir por la escalera, anunciando que todos estaban detenidos. Toda esta operación quedó fielmente registrada en las cintas magnéticas que documentaban el desarrollo de la histórica sesión.Anecdótico fue que para el Dr. Hernán Siles Suazo la impuntualidad le salvara la vida. Llegaba tarde al cónclave y a pocas cuadras de la Secretaría Permanente de la COB, los disparos que se escuchaban por toda la ciudad le advirtieron de ponerse a buen recaudo. Viró por un desvío y se refugió en alguno de los escondites que tenía siempre a mano para ocasiones semejantes.Ante el atropello, líderes como Lechín, hombre experimentado en situaciones similares en su azarosa vida política y sindical, recomendaron prudencia, serenidad y no oponer resistencia a los armados.No fue óbice para que Marcelo fuera identificado y ametrallado con una ráfaga que lo dejó herido y mató a un líder sindical vecino a él. El malherido Marcelo fue subido a una de las ambulancias y rematado en alguna de las casas de seguridad como aquella que conociera al comienzo de mi calvario. Su cadáver no puede ser encontrado hasta ahora.Testigos sobrevivientes destacan que la animadversión contra Marcelo fue notoria desde el primer momento. En la toma de la Secretaría de la COB le buscaron y provocaron deliberadamente, así como buscaron sin éxito al Dr. Siles Suazo, en aquel momento representante de una oposición de avanzada al militarismo.Los paramilitares actuaron de un modo típico, como los famosos escuadrones de la muerte en las guerras contra revolucionarias de Argentina, Chile, Colombia, El Salvador, Guatemala. Eran mercenarios y asalariados que mataban cumpliendo las sentencias que los falsos nacionalistas a ultranza dictaban a control remoto desde tenebrosos conciliábulos, en el marco de la nefasta doctrina de la seguridad nacional.Marcelo Quiroga Santa Cruz fue asesinado y luego nadie quiso asumir la responsabilidad civil de su desaparición. Burlón, Luis Arce Gómez dijo que fue un disparo fortuito y el dictador García Meza, sarcástico, declaró que cuando Marcelo murió aún gobernaba Lidia Gueiler, la Presidenta Constitucional.El crimen se inscribe entre tantas otras crónicas de sangre, que se inspiran en aquella necesidad de eliminar a los enemigos de dentro por ser un factor de riesgo a los designios de dominación de ciertos grupos hegemónicos opuestos a los principios democráticos.El escenario y las circunstancias me recordaron la forma ideal de eliminar a los opositores, justamente de la forma que el coronel Canido, jefe de inteligencia (G-2) de la Octava División en Santa Cruz, me la había descrito.—Los argentinos nos recomendaron—, me había dicho el militar en presencia de Juan Carlos Camacho, —que reunamos a los rojos en un sólo cuarto y los hagamos volar a todos juntos. Vaya receta criminal.García Meza llegó al poder asesinando ciudadanos indefensos, cerró el Poder Legislativo, aterrorizó a los Magistrados del Poder Judicial y se encaramó en un gobierno calificado por los historiadores como “terrorista y tiránico”.
(Pág. 39 de "Gotemburgo Destino Final", que lo puede leer en www.noticiasbolivianas.com dossier o si prefiere pinchando en el logo de parlante, lo puede escuchar leído por una computadora)

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